La Peor Época.



Sin embargo cuando cumplí 14 años sentí un poderoso llamado de la mágica ciudad donde nací.

El 25 de diciembre viajé a Mérida, con la autorización de mi madre pero en contra de su voluntad. Ella y mi hermano menor quedaron destrozados.

Llegué a la casa de mis abuelos, donde fui bien recibido solo por mi madrina, detestada por sus hermanas.

Al viajar interrumpí mi año escolar en Margarita, así que pretendí continuarlo en Mérida. Sin embargo mi mente estaba en otros asuntos y reprobé.

No fue mera casualidad el que yo haya ingresado en la escuela que me tocó en Mérida, pues allí conocí a Augusto, la persona que serviría de puente para llegar a al ser que había buscado toda mi vida, el ser más importante de mi actual existencia.

Augusto resultó ser mi primo y era totalmente opuesto a mí: humilde, sencillo, distinto ante todos, místico, y de pequeño tamaño. Yo, como aquel que con gran odio entierra vivo al perro sarnoso que invadió su casa, así mismo había sepultado todo aquello que me hacia diferente a los demás.

En mí no se veía ya ni el rastro de la magia. Mis discursos eran triviales, lógicos y materialistas. Quería ser normal y ciertamente lo había logrado ante los demás.

No obstante, Augusto no se dejó engañar y reconoció en mi lo que había en él. Así que me sofocaba hablándome todo el día de asuntos místicos, de la mente, del alma, la meditación, respiración, logias, etc., etc., etc. Que insoportable!

Aunque le rehuía en el liceo, resultó tener acceso a mi casa y hasta mi cuarto pues era mi primo. Finalmente resultamos ser los mejores amigos.

Pasado un tiempo, él ya no mencionaba casi esos temas pues sabía que terminaríamos peleando. No obstante, un día decidí confesarle uno de mis secretos que lo dejó perplejo, pues sabía que yo jamás había asistido a ninguna escuela esotérica ni había recibido clases de nadie.

Le conté que durante las noches imitaba las posiciones de las momias egipcias para desprenderme de mi cuerpo y viajar a lugares remotos.
Pero también trataba de darle una explicación lógica: fenómenos de la mente producidos por la excitación de algunas zonas del cerebro que el común de la gente no domina.
Mas sin embargo, aquel pequeño ser noble y persistente hacia grandes esfuerzos por convencerme con sencillas explicaciones, de que tales fenómenos no son atribuibles solo a la masa cerebral. Pero no consiguió que cambiara mi postura, hasta que un día me retó: “Vayamos a la escuela de meditación donde asisto y cuando salgamos de ahí, si puedes, dame una explicación lógica de lo que experimentes”. Así como aquel que hace un estruendoso escándalo bañado en lagrimas de risa burlona, así mismo yo me le carcajeé de risa en la cara y luego: “si, acepto”.

No había terminado de entrar en aquella sala, cuando mi corazón fue bañado por las dulces radiaciones de aquellos extranjeros.

Después de recibir las instrucciones, me sumergí en profunda meditación y estando en ese universo estrellado, comprendí que había estado allí por eternidades. Oh! pero que vergüenza sentí ante mi mismo al reflexionar en mis recientes actitudes de traición, soberbia y cobardía.

Sonidos de bosques y riachuelos sublimes! La vibración del metal universal puro! Millones de estrellas y la explosión infinita del silencio y la nada! Así pues me embriagué del más ardiente erotismo espiritual y se abrieron todos mis sentidos ocultos en esas horas infinitas.

De ahí me fui a la Hechicera con mi primo. Entre las altas y frías montañas que nos miraban como gigantes de piedra sobre las nubes, dije “gracias”.

Es enteramente obvio que existen más fenómenos sin explicar aun, que los que ya hemos podido explicar. ¿La explicación? Estamos en los primeros pasos de nuestra evolución y aun falta mucho por recorrer. Así como la extinguida raza de los cavernícolas no hubiese podido explicar el sencillo proceso de la fotografía, así esta moribunda raza aun no puede explicar muchas otras cosas que no pertenecen a su tiempo. Nuestra ciencia es primitiva. Así como hubo un primero que se adelantó a su tiempo y descubrió el fuego, así hay quienes nos adelantamos a nuestro tiempo y descubrimos el éter y otras maravillas de este inmenso universo. Muchos milenios pasaron antes de que la estúpida raza cavernícola aprendiera como hacer fuego a pesar de que unos pocos más evolucionados ya sabían. ¿La razón? Reúna usted un grupo de simios e intente enseñarles a hacer fuego. Así mismo, pasará mucho tiempo antes de que los monos actuales aprendan a usar el éter, la cuarta coordenada, el fuego inmaterial, pues aunque intentemos enseñarles tal cosa, su genética no esta lista.

En el inicio solo se controló inteligentemente la tierra: con las cavernas, las primitivas herramientas etc. Luego dominamos las aguas: con recipientes, canoas, botes etc. Luego el Fuego: con las fogatas para enfrentar el clima, hogueras para cocinar, en armas para la guerra, etc. Actualmente apenas se está controlando el aire: con los aviones y naves que surcan el firmamento. En cuanto al Éter, apenas se sabe de él pero no se ha dominado.
Aquel cavernícola hizo y probó el fuego. Y supo que existía algo MAGICO para darse calor, para transmutar los alimentos, para derrotar al enemigo.

Nosotros también damos testimonio de que existe algo MAGICO, que sirve para hacer arder el corazón y por tanto nunca sentir frio, algo que sirve para transmutar y sublimar la realidad material, que es capaz de destruir a cualquier enemigo, incluso a los enemigos más terribles, aquellos imperceptibles a los 5 sentidos físicos y que cohabitan en nuestro propio universo interior.

Realmente nunca dejé de creer que existen cosas más allá del alcance de la simple razón lógica. Pero si intentaba convencerme de lo contrario pues me costaba y aun me cuesta desenvolverme en un mundo cuyas leyes y normativas repudio, por injustas, por falsas, por imprecisas, por materialistas, por limitantes, por coartantes, por conspirar contra la evolución de la raza.

Regresé pues, maravillado de aquella práctica. ¡Qué bellezas, que riquezas benditas y que paraísos hay dentro del corazón!

Dos años después llegaron a Mérida mi madre y hermanos terrenales. Mi padre viajó a Norteamérica.

Un día antes de su llegada, yo estaba en la cúspide de la soberbia: era popular, tenía muchos amigos, jovencitas para divertirme, era diestro con la mente y la palabra, las sobras de tiempo que dedicaba a mis estudios era más que suficiente para ser un estudiante destacado.

El latigazo divino no se hizo esperar: ese día fui humillado delante de todo el liceo en una pelea con un compañero. Fue tal el impacto del suceso que aun me perturba pensar en ello. Mis amigos se alejaron, no podía ver de frente a las mujeres. Fue la más grande ignominia que pudo sufrir orgullo alguno. Mi vida cambió por completo. Me sentí destruido.

Solo la noble Sandra y la piadosa Eliana me acompañaron. La primera, muy bella, quiso mantenerse conmigo, mas no me sentía digno de estar a su lado… después de haberla rechazado por no considerarla digna de mi.

Lloraba todas las noches y maldecía aquel día. Culpaba a Dios por no haber impedido que aquel “rechazado” acabara con mi vida.
Entonces juré vengarme. Más que nunca, alimenté las aptitudes que desde niño tenía para las artes marciales. Quise prepararme para demolerlo a golpes.

Ingresé a una academia de Kung-Fu con gran tradición y prestigio. Me destaqué desde el comienzo, pues siempre estuve ligado a ese medio. Pasaron los meses y el odio aun seguía en mí. Realmente lo quería asesinar. Así que quería aprender más sobre el arte de matar para cumplir mi propósito de aquel momento: “romperle el cuello a ese gusano ¡frente a todos! Ojo por ojo ¡mas su cabeza!”

Movido por tales propósitos acudí a mi primo, entonces cinturón negro en Karate y estudiante avanzado de Kung-Fu-Whu-Shu y hoy maestro de Kung-Fu tradicional. Mas no me quiso enseñar personalmente. Me dijo: “te llevaré a la mejor escuela de Kung-Fu de toda América".

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