El Invisible Camino.


Anocheciendo y por un delgado camino nublado, bajo los gigantes arboles del Monte Zerpa, caminábamos en fila los 25. Se nos llevaba a un lugar mágico que mantendré en secreto.

Eran tiempos de lluvia y frio. Pequeños magos dispersos sobre la tierra mojada en la selva nocturna, aparecíamos azules y desaparecíamos al ritmo de los rayos.
Invocaciones terribles, rituales ardientes, noches de magia.

Los primeros cayeron por escepticismo. Los segundos por impaciencia. Los terceros por envidia. Los cuartos por inconstancia. Los sextos por miedo.

Al séptimo día solo quedábamos siete. De los siete, seis se irían y uno solo sería iniciado en los Misterios Mayores. Algunas cosas las sentimos nuestras, otras no.

Se nos dio seis meses para prepararnos espiritual, mental y físicamente en tres aspectos del conocimiento esotérico: alma, magia y sexo.

Así lo hice en tres meses. Los otros tres los invertí en seguir al Maestro en deliciosas caminatas por las cumbres andinas, llevando solo agua, avena, pasas y un poquito de maní en mi mochila, pues mi situación económica era mala para ese momento. Subíamos a recónditos lugares donde el humano común solo llega con gran equipaje. Bajábamos a pie, lo que otros bajarían en bestias mecánicas. Y regresábamos en un solo día, cuando a otros les hubiese llevado semanas.

Una llanura dorada se extendía hacia el infinito, una llanura conformada por las cumbres aterciopeladas de altas montañas.

Por un camino de piedras afiladas en lo más alto del paisaje seguía yo a mi gurú quien se movía con agilidad tremenda haciéndome muy difícil seguir su paso.

En algunos momentos me sentía flotar sobre aquellas nubes que dejé muy abajo, en el cielo. El duro y peligroso sendero, se hacía blando. El frio cortante me arropaba cálidamente mientras mi cuerpo físico dormía profundamente en lechos de rocas enormes al borde del camino, mientras yo surcaba los cielos como halcón de oro.

Ho! Recuerdos preciosos que aun celo en mi Ser!

El aire prístino y el punzante silencio dejaban oír lo inaudible, ver lo invisible. Sentir, ver y oír seres inefables de la naturaleza que han sido olvidados, pero que nunca han dejado de existir. Salían de entre los pocos arbustos que había. Felices estábamos en tal paraíso que no lo es para todos. El tiempo se hacía eterno y el clima helado nos acogía para que nos quedáramos.

Durante su infancia, el mago se obstinaba cuando las nubes no le obedecían, cuando el árbol no le respondía. Ya más grande, se obstinaba cuando las nubes no le obedecían rápido o cuando el árbol no era claro en sus respuestas.

El mago no se inspira al pensar en los logros de la magia, pues es el mayor de ellos y la inspiración de otros. El mago no necesita nada para inspirarse, lo hace mágicamente.

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